El diácono de Myrká

 

Al norte de Islandia, cerca de la región de Akureyri, se encuentra Hörgádalur, un precioso valle donde la nieve es casi permanente. Sólo durante dos meses al año esa nieve se derrite casi de repente y da paso a un salvaje río que cruza el valle y que recibe el nombre de Myrká (Río Oscuro). En su punto más caudaloso, se alza un pueblecito al que el propio río da nombre. Al margen del fenómeno natural, para los islandeses el pueblo posee un significado fantasmal desde hace miles de años: su granja y su vicaría fueron escenario de uno de los sucesos más tenebrosos que recuerda la tradición del país.

Hubo una vez un diácono en Myrká cuyo nombre nadie recuerda. Su prometida, Guðrún, vivía en una granja algo alejada y en el flanco opuesto del río. A una semana de celebrar la Navidad, el diácono montó en su caballo y cruzó el río helado para invitar a su prometida a pasar las fiestas con él. La joven aceptó y acordaron que él volvería la noche de Nochebuena para recogerla. En el camino de vuelta, el hielo cedió al peso del caballo y del diácono, que iba subido encima. Fue una desgracia.

Valle - leyenda de Islandia
La desembocadura del río. Al fondo, el valle de Hörgardalur

El cadáver del diácono fue descubierto entre las peñas del río a la mañana siguiente. El funeral se celebró en el cementerio de la vicaría. La fuerza del agua, mientras tanto, había logrado abrirse paso entre los bloques de hielo y el río se había vuelto infranqueable. Así pues, nadie se atrevió a cruzarlo para darle a Guðrún la terrible noticia.

Así pasó ella Nochebuena: esperando a que su prometido fuese a buscarla. Pasaban las horas y nada ocurría. De repente, sonó un aldabonazo en la puerta de la granja. Guðrún fue corriendo a abrir, pero no encontró a nadie. Pensando que el diácono estaba gastándole una broma, cogió el abrigo y salió a la intemperie. Cuando giró la cabeza, vio el caballo del diácono y una silueta de hombre. Por fuerza tenía que ser él.

Sin mediar palabra, él la ayudó a montar en el caballo, tomó las riendas y emprendió la marcha. Guðrún permaneció tranquila hasta que vio fluir furiosamente el caudal del río. Sin embargo, el caballo lo franqueó sin problemas. Ambos siguieron sin abrir la boca hasta que, al saltar sobre una loma, cuando las nubes se apartaron de la luna, el sombrero del diácono se movió y Guðrún pudo verle la nuca. El hombre dijo entonces algo muy extraño:

La luna resbala,

La muerte resbala.

¿No ves la forma blanca en mi nuca, Garún?

La joven le preguntó por qué pronunciaba su nombre de esa forma tan rara, pero no recibió respuesta. Cuando llegaron a Myrká, el diácono volvió a hablar:

Espera aquí, Garún, mientras llevo al caballo fuera de la cerca del cementerio.

Guðrún no podía dejar de preguntarse por qué su novio la llamaba Garún, así que siguió al diácono para descubrir, horrorizada, una tumba abierta a los pies de la cerca del cementerio y al que creía su prometido levitando sobre ella. Entendió que había estado en todo momento acompañada de un fantasma, que los fantasmas no pueden pronunciar el nombre de Dios (en islandés, Guð) y que su novio estaba muerto.

Piedra Myrka - leyenda de Islandia
Piedra con la que se aprisionó para siempre al fantasma del diácono

Horrorizada, corrió hacia la vicaría para tocar las campanas. El fantasma intentó llevarla a la tumba con él, pero afortunadamente ella logró deshacerse de su abrigo, lo que provocó que el diácono resbalase y cayera a la fosa. Guðrún volteó las campanas hasta que atrajo a todos los habitantes de Myrká, que acudieron en su auxilio y le contaron lo ocurrido en el río.

La joven pasó la noche en la granja de Myrká rodeada de los aldeanos. Nadie pudo dormir, pero tampoco nadie pudo impedir que el fantasma del diácono volviera a por ella noche tras noche. Finalmente, un joven aldeano, cansado de no dormir, buscó una roca grande, aguardó la noche a los pies de la cerca del cementerio y, cuando el fantasma se disponía a salir de la tumba, lo aplastó con la peña tapando así el agujero.

Desde entonces, Myrká descansa tranquilo mientras Guðrún, enferma de locura, permaneció encerrada en la granja para siempre. En el cementerio de Myrká aún puede verse la piedra a los pies de la cerca.

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