Valdemar, el cazador maldito

Nunca se conoció un amor tan grande como el que sentía el rey Valdemar IV por la joven aldeana Tovehill, de rubios cabellos, ojos azules y piel como la nieve. Como tampoco hubo un amor menos correspondido. A pesar de los esfuerzos de Valdemar por complacerla, Tohevill no parecía conmoverse. Simplemente, mostraba una sonrisa y continuaba enfrascada en sus cartas, sus pociones y sus lecturas de estrellas. Y es que la joven era conocida por sus poderes de hechicera.

Tanto sirvientes del rey como aldeanos se sentían ofendidos por tanta adulación, pues el rey perdía la noción de la vida cuando la joven se hallaba cerca. Una noche, los vikingos provenientes de Suecia arrasaron las ciudades costeras mientras el rey contemplaba embelesado a Tohevill. Hartos, los habitantes entraron en la casa de la joven bruja y la asesinaron, pensando que así el monarca prestaría atención a su deber.

Nada más lejos de la realidad. Tan grande era el cariño de Valdemar por Tohevill que el soberano la hizo embalsamar y llevarla a un cuarto próximo a su habitación. Todas las noches visitaba a la joven antes de conciliar el sueño. Cuando salía de viaje por el reino, hacía que el cadáver le acompañase. Muchos pensaban que el monarca había perdido la razón.

Un día, uno de los criados descubrió un anillo con inscripciones mágicas que centelleaba lenguas de luz verde esmeralda. Comprendió que la joya estaba hechizada para asegurarse el amor del rey aun después de la muerte. El cortesano quitó el anillo del dedo de Tovehill y se lo guardó. A la mañana siguiente, Valdemar dijo:

¿Por qué no hemos dado aún sepultura a este cuerpo? No podemos tener en nuestra compañía un cadáver. Hay que dar a la tierra lo que es de la tierra.

Una vez enterrada Tovehill, Valdemar notó que uno de los cortesanos le era mucho más simpático que antes y empezó a tenerle como favorito. Concibió por él un amor tan grande que lo elevó a los cargos más importantes del reino. Nadie entendía cómo aquel que hasta ese día sólo había sido un lacayo, ahora era lo más parecido a un príncipe.

Castillo de Gurre - leyenda de Dinamarca
Ruinas del castillo de Gurre, en el norte de Dinamarca

El cortesano, sin embargo, se sentía incómodo y abrumado por tanta atención. Al fin, el joven resolvió que tiraría el anillo al lago de Gurre.

Desde entonces, Valdemar pasaba su tiempo junto a la orilla del lago. Hizo construir un castillo humilde pero completo allí, como si sintiera que su amor debía destinarse a las cristalinas aguas. Hasta el punto que una noche clamó al cielo suspirando:

¡Si se me permitiera cazar en Gurre, bien podría Odín quedarse con el Cielo!

De pronto, una voz salió de entre las nubes para responder:

Tus deseos son órdenes

Dios acababa de castigar al rey Valdemar negándole el cielo y condenándole a ser cazador en el bosque de Gurre. Tras su muerte, Valdemar, el cazador maldito, pasó a capitanear la sobrenatural partida de caza salvaje que encanta los bosques daneses desde entonces. En ella los personajes condenados aparecen cabalgando todas las noches por caminos silvestres acompañados de jaurías de perros negros, aullidos y latigazos, en una fantasmagórica cacería sin fin que aterroriza a quienes se cruzan con ella.

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Borja dice:

    No conocía esta leyenda pero la verdad me ha parecido verdaderamente increíble y curiosa. Muy bien escrita y amena.

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  2. AnaFCh dice:

    Muy curiosa y distinta de las leyendas a las que estamos acostumbrados. La música que acompaña el relato está muy bien elegida.

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  3. Muchas gracias a los dos!!

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