…Y murieron lamidos por llamas lamiendo coñac francés

Hay libros que nacen y tardan en morir. Otros, poseen un tiempo de vida que dura lo mismo que una noche de luna llena. Todo empezó en una diminuta editorial de Islandia. Un escritor, Dagur Hjartarson y un artista, Ragnar Helgi Ólafsson, cruzaron sus vidas hace tres años. Completos desconocidos, se vieron por primera vez en una escondida de libros en Rejkiavik. Desatando dos palabras se dieron cuenta de que compartían algo más que unas horas para encontrar ejemplares por la ciudad.

Mujer leyendo en Islandia
Una mujer lee en un banco de Rejkiavik

Terminaron tomando café y debatiendo sobre los escritores más desconocidos y cómo sus obras languidecen en las estanterías. ¿Cómo hacer aparecer esos libros del anonimato? Una pequeña editorial que llevarían los dos. Pero faltaba algo: no estaban satisfechos con sólo publicar. Ambos detestaban que los autores más exitosos se auguraran la vida eterna por un título rimbombante. Había que ponerles los pies en la tierra de nuevo.

Así nació Tunglið: como una especie de aguafiestas para los J.K. Rowling o los Cervantes islandeses. En esta pequeña tienda, cuyo nombre significa literalmente “luna llena”, Hjartarson y Ólafsson se obligan a sí mismos a mantener alta la demanda de cualquier libro para evitar que el paso del tiempo destruya su esencia. Al mismo tiempo, su labor es enseñar humildad a los nombres más sonados. Por eso, sólo imprimen 69 ejemplares de libros en una noche de luna llena. Si en un plazo de 24 horas no se han vendido, queman las copias que sobran.

 

Jolabokaflod buena
Uno de los últimos carteles de la tradición de Nochebuena en Islandia

“Alguien puede publicar un libro y el mundo seguirá girando. Por una noche, el libro y su autor están vivos. Y a la mañana siguiente, todo el mundo sigue con su vida”, declaran ambos. En pocas palabras, la fama es fugaz y a veces desconocida para la mayoría de autores. Incluso en un país como Islandia, probablemente el único lugar del mundo donde una idea como Tunglið podría funcionar: uno de cada diez islandeses (y son 300.000) publicarán al menos un libro en su vida y en Nochebuena se celebra el jólabókafloð (las familias se regalan libros el 24 de diciembre y pasan esa noche y el día de Navidad leyendo). En la diminuta isla, la literatura tiene más peso que una conversación con un amigo.

 

Hjartarson y Ólafsson son conscientes de que el mundo les mira con caras largas y gestos de reprobación. Un ejemplo: acudieron a una feria de libros en Suiza y allí representaron su ritual. Tanto las autoridades como el público se les echaron encima. Además de que han tenido que convencer a más de un organismo de cultura de que lo suyo no es censura, ambos defendían en el diario británico The Guardian que el juego limpio también debe imperar en la literatura: “La democracia no implica una abundancia o una oferta sin límites. Implica el acceso a la cultura. Y el acceso está ahí”, dicen.

Modelo de negocio poco común que, sin embargo, tampoco es negocio como tal, porque por sus manos no pasa ni un céntimo. Lo recaudado con los ejemplares vendidos va directamente al autor. Gracias a Dios, Hjartarson y Ólafsson tienen sus propios trabajos para ganarse la vida. El concepto de Tunglið se hace cuesta arriba en Islandia y en el mundo, pero los dueños sólo lo definen como “pura poesía. Ni más ni menos que lo que es la literatura”. El propio Hjartarson ya ha regado algún ejemplar suyo con un coñac francés de primera y lo ha arrojado al fuego. A veces, es difícil captar la esencia de un poema.

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