La vergüenza del portento sueco más famoso del mundo

 

A principios de 1620, Suecia tomó parte en la Guerra de los Treinta Años, una guerra religiosa que comenzó en Alemania hacía dos. Desde que la reforma luterana había calado en los corazones y las mentes de los pueblos del norte de Europa, la Iglesia de Roma había movilizado a sus países afines para que hicieran frente haciendo uso del catolicismo como arma. Entre ellos estaba la hostil Polonia, que veía avanzar el conflicto a favor de su religión. Del lado protestante, sin embargo, la contienda no progresaba.

El rey Gustav Adolf II de Suecia, de la dinastía Vasa, llevaba 15 años de mandato y a cada nueva batalla, veía su flota real disminuir en número y condiciones. El monarca ansiaba por encima de todo tener un control férreo sobre el mar Báltico, así que ordenó construir cuatro galeones, de los cuales uno habría de ser el buque de guerra más majestuoso e invencible que la Historia de la humanidad hubiera visto jamás. Y lo quería rápido.

Esculturas barco Vasa - leyenda de Suecia
Miniaturas que recrean a los trabajadores y marineros del Vasa

Bautizado Vasa en honor a su familia, el barco se dibujó en un boceto esa misma noche. Meses después, y con bastante retraso del plazo que se manejaba, el rey veía los planos de los arquitectos. Su ambición e impaciencia pudieron más que las leyes de la física y decidió modificar el diseño por su cuenta, añadiendo una cubierta de cañones más. A pesar de que la equivocación del monarca era evidente, nadie se atrevía a contradecir a un hombre de carácter normalmente irritable. Aún así, el constructor intentó enmendar el error ensanchando ligeramente la parte inferior de la cubierta. Lo mínimo para que el rey no lo notase.

Unos días antes de la botadura oficial, el arquitecto, obcecado en que su aparato no aguantaría en el agua, hizo una prueba de estabilidad a escondidas de Gustav Vasa: hizo correr por cubierta a 30 hombres de babor a estribor. Como el buque empezó a bambolearse peligrosamente, mandó parar la maniobra para evitar disgustos y pidió audiencia con el rey para convencerle de lo imposible de la misión. Nadie se la concedió.

 

 

El Vasa, el orgullo de la marina real sueca fue botado el domingo 10 de agosto de 1628. Se izaron cuatro velas y se dispararon dos cañones a modo de despedida. Aquella mañana, al partir desde Skeppsbron y pasar la isla de Södermalm, apenas soplaba una suave brisa. Aun así y cuando todavía no había navegado ni unas millas dentro del archipiélago donde está la actual Estocolmo, el barco viró sobre un costado, volcó y se hundió con más de 300 hombres a bordo. En menos de 15 minutos, el buque había desaparecido. Fue la gran vergüenza nacional sueca.

En el accidente murieron unos 30 marineros, pero el capitán se salvó. Fue interrogado para ver qué grado de culpabilidad tenía en los hechos. El hombre reconoció enseguida que no se fiaba de las virtudes marineras del Vasa, así que se preparó para abandonar el navío al mínimo extraño. Tanto él como el arquitecto, también interrogado, explicaron que el barco pesaba más en la parte superior que en la inferior, así que era lógico que volcara; y que era imposible lastrar el barco con peso hasta equilibrarlo porque la primera fila de cañones estaba a sólo un metro del agua, con lo que se habría inundado.

El Vasa permaneció perdido y borrado, sin que nadie lo buscase, de la historia de Suecia para salvaguardar el prestigio de su rey y de la corona.

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Esculturas de la popa del Vasa

333 años después, Anders Franzén, un arqueólogo e historiador, absolutamente loco por las historias que lastraban la buena fama de su país, encontró una pequeña escultura que databa de 1628 bajo el agua de Södermalm. La madera de la figura no presentaba ni un solo rasguño. Ni una mancha. Así descubrió que la bahía de Estocolmo, por una conjunción de temperatura, minerales y sal, no creaba las bacterias que corrompen la madera. ¿Y si el Vasa estuviera ahí, bajo el fango, pero intacto?

Sin ayuda oficial, con una barca, una sonda y mucha paciencia, encontró el lugar exacto del hundimiento del Vasa, que se encontraba en el mismo estado que cuando desapareció bajo el mar. A 30 metros de profundidad. En 1961, el Vasa emergía como si nada le hubiera ocurrido. Se levantó una cubierta protectora a su alrededor y se llegó a aumentar el tamaño de la isla que lo alberga para que todo el que quisiera pudiera acceder a verlo. La devoción que ahora siente el país que lo desterró al olvido ha hecho de él uno de los museos navales más famosos del mundo.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Borja dice:

    Increíble historia de un fracaso monumental. Todos mis respetos para Franzén que como buen historiador siempre buscó la verdad. Esa es la tarea que tenemos todos.

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    1. Irene Liñán dice:

      Lo que más lástima me da es el poco reconocimiento que se le da a Franzén, como sucede con muchos otros. Fue probablemente el descubridor más importante de la historia de Suecia y poca gente lo conoce (entre otras cosas, porque el país hizo colectivo un descubrimiento que fue únicamente de él).

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