La Reina de las Nieves, o el cuento en el que Disney basó ‘Frozen’

el

Con permiso de los amantes de Frozen (Disney, estrenada en España en 2013), y a sabiendas de que son de todas las edades, cabe preguntarme si realmente los más pequeños (e incluso algunos adultos) sabían si este cuento es realmente una adaptación de la mayor factoría de dibujos animados del mundo… Como también lo es cierta escena de Las Crónicas de Narnia: el león, la bruja y el armario:

Die Chroniken von Narnia: Der König von Narnia
En esta secuencia, uno de los niños protagonistas cae embrujado por el hechizo (disfrazado de amabilidad) de la Bruja Blanca, responsable del eterno invierno en Narnia. La similitud con La Reina de las Nieves es palpable…

El cuento original fue escrito por un señor danés llamado Hans Christian Andersen, autor de muchos otros cuentos que Disney también adaptó para los niños. Soy consciente de que el fenómeno Frozen levanta más pasiones que los cuentos de Andersen, pero siendo época navideña, considero éste un momento imprescindible para leer una de las historias más bellas que ha dado la literatura clásica nórdica. De hecho, por aquí les dejo la bellísima banda sonora de Frozen en danés, para ambientar la atmósfera 🙂

“Comencemos. Cuando lleguemos al final de este cuento, sabremos algo más de lo que ahora sabemos”. Así empieza La Reina de las Nieves en pluma de Hans Christian Andersen:

El Espejo

shutterstock_245071444Érase una vez un duende malvado, uno de los peores: el Diablo. Cierto día, se encontraba el Diablo muy contento pues había fabricado un espejo dotado de una extraña propiedad: todo lo bello y lo bueno que en él se reflejaba, menguaba hasta casi desaparecer; y todo lo malo, feo y que no valía nada, resaltaba con fuerza, volviéndose peor de lo que antes era. El Diablo fue a todas partes con su espejo hasta que finalmente no quedó ni un hombre ni un país corrompido y deformado. El Diablo, tan satisfecho de sus intervenciones, solía decir que por fin se podía ver el verdadero rostro del mundo.

Hasta que un día, mientras jugueteaba con su espejo, éste cayó al suelo con tal estrépito que se rompió en miles de añicos que se esparcieron por el aire llegando a todo el mundo. El daño que provocaba el espejo roto era mayor que entero, puesto que todos corrían ahora el riesgo de pincharse en los ojos o el corazón con un trozo de cristal y quedar marcado por la maldad para siempre. He aquí la historia de lo que ocurrió con uno de ellos.

Un niño y una niña

9f0dbff5a3b4f95e57761e4422e6e610En una gran ciudad danesa vivían dos pobres niños que, sin embargo, poseían un jardín algo más grande que un simple tiesto de flores. No eran hermanos, pero se querían tanto como si lo fueran. Las familias vivían en buhardillas vecinas y los pequeño solían asomarse a sus ventanas para charlar entre los rosales que crecían fuertes en los alféizares. Kay y Gerda, que así se llamaban los niños, pasaban las horas inventando fábulas sobre las abejas, las nubes y cualquier elemento de la naturaleza que les rodeaba. La abuela de Gerda le había mencionado a la niña la existencia de una mujer a la que se conocía como Reina de las Nieves, que bajaba de vez en cuando a las ciudades envuelta en su manto blanco.

“¡Que venga!”, dijo Kay entre risas. “La pondré junto a mi estufa y se derretirá”

Esa noche, Kay se despertó con un resplandor que llegaba de la calle. Un rayo de luz blanca le incidió en el rostro y cuando miró fuera, vio caer un copo que creció y creció hasta convertirse en una mujer, vestida con un maravilloso manto blanco que parecía estar hecho de millones de copos estrellados. Era de una belleza cautivadora, aunque de un hielo brillante. Sus ojos centelleaban como estrellas, pero no había en ellos ni calma ni sosiego.

Al día siguiente hizo un tiempo frío y seco. Kay y Gerda estaban sentados en sus respectivos alféizares cuando Kay gritó:

“¡Ay, me ha dado un pinchazo en el corazón! ¡Y algo me ha entrado en el ojo!”

Gerda le miró detenidamente, pero no logró ver una mota de cristal procedente de aquel espejo maligno cuyos añicos volaban por todo el mundo. Cuando la niña se separó de él, Kay miró las rosas que yacían heladas en su ventana y dijo:

“Estúpidas rosas… Son igual de feas que tú”.

vladislav-erko_snowqueenY se metió en casa dejando sola y totalmente desconcertada a la pequeña Gerda. Desde entonces, Kay se volvió más violento en sus juegos y sus acciones, más mordaz en sus palabras y maleducado en sus formas. Tomó como costumbre burlarse de cualquier cosa que le pareciera de niños, y mortificar a Gerda, que le quería con toda su alma, se convirtió en su pasatiempo favorito. Dejó de hablar y jugar con ella; en su lugar, acostumbraba a cargar con su trineo hasta la plaza central, donde los chicos más mayores y atrevidos se enganchaban a los carros de los campesinos para ser remolcados por ellos.

Tanto tentó a la suerte que un día, el carro al que Kay enganchó su trineo no paró hasta haber pasado, con mucha distancia, los muros de la ciudad. Pasado un largo rato, el carro se detuvo y de él descendió una mujer de blancura deslumbrante:

“Hemos hecho un largo camino y debes de estar helado. Ven, métete bajo mi abrigo”.

Como una marioneta, el niño obedeció la orden. En cuanto lo hizo, la mujer besó su frente. Aquel beso era más frío que el hielo y le penetró hasta el corazón, que era ya casi un bloque de hielo gracias a la esquirla del espejo. La Reina de las Nieves besó a Kay una vez más y éste olvidó al instante a Gerda, a sus padres, su ciudad y las rosas de su ventana. En cambio, sólo podía pensar en aquella mujer entre cuyos brazos yacía y que no le inspiraba ningún temor. La Reina de las Nieves lo abrazó más fuerte y juntos atravesaron oscuros nubarrones sobre un suelo de resplandeciente nieve.

El jardín de la hechicera

Mientras, en la ciudad, nadie sabía nada de Kay ni llegaban noticias suyas. La pobre Gerda lloró durante días de ese largo invierno pensando que su querido Kay se había ahogado en el río que había junto a los muros de la ciudad. La niña ahogaba sus penas con las golondrinas y con el sol, que de vez en cuando se asomaba. Todos le decían lo mismo:

“Kay no ha muerto”

casas-flores-L-Uy262dGerda empezó a creer que su amigo seguía vivo y se decidió a buscarle. ¿Pero por dónde empezar? Sentada en una barca del río, pensó durante horas hasta que advirtió que la barca comenzaba a navegar, como si el río quisiera acercarla al lugar donde empezar a buscar a Kay. Más animada, la niña no quitaba la vista de los prados nevados por si le veía. Llegó así a una ribera donde se alzaba una extraña casita rodeada de bellísimas enredaderas a las que el inverno parecía no afectar. Por la puerta se asomó una mujer apoyada en un bastón.

“¡Pobre niña! Ven a contarme quién eres y cómo has llegado hasta aquí”

Gerda obedeció. La mujer la introdujo en la casa, le ofreció cerezas y le peinó el rubio cabello mientras Gerda relataba su historia. A medida que la mujer cepillaba su pelo, Gerda se iba olvidando de Kay. Así pasaron días en los que la niña se centró en conocer a todas y cada una de las flores del jardín. Hasta que un día reparó en que no había ninguna rosa. Y el pensamiento de las rosas le condujo de nuevo a su desaparecido amigo.

“¡Cuánto tiempo he perdido! ¡Debo encontrar a Kay!”.

gerdaLa niña preguntó y preguntó entre las flores del jardín, pero ninguna le dio noticias de que Kay hubiera estado allí. En su lugar, se dedicaron a contarle sus propios cuentos. Gerda escuchó atentamente por educación, pero le perdía la impaciencia, así que en cuanto la última flor se hubo callado, la pequeña se lanzó de nuevo al mundo. Corrió todo lo que le dieron las piernas y de vez en cuando, se paraba para comprobar que nadie la seguía.

En el vasto mundo

Los pies doloridos de Gerda no aguantaron mucho más después de horas, que se antojaron días, caminando y corriendo sin parar. En medio de una pradera nevada, localizó un pequeño granero donde entró para calentarse y descansar. En él, encontró a un joven reno y varias palomas que se sostenían sobre sus cuernos. Las aves le dieron la bienvenida con sus gorjeos y también una noticia:

“¡Hemos visto a tu amigo Kay. Iba sentado en el trineo de la Reina de las Nieves, que voló sobre el bosque cuando nosotras estábamos en nuestros nidos!”

Aurora_carouselGerda, emocionada, preguntó adónde se dirigía el trineo de la susodicha reina.

“Seguramente se dirigía a Laponia, donde hay siempre hielo y nieve. No tienes más que preguntar a nuestro joven reno”

“¿Sabes tú dónde está Laponia?”, preguntó Gerda al reno

“¿Quién podría saberlo mejor que yo?”, respondió el reno. “Allí nací y me crié saltando por los campos cubiertos de nieve. Es allí donde la Reina de las Nieves tiene su castillo, casi en el Polo Norte, en las islas llamadas Spitzberg”

Gerda subió a lomos del reno, que partió veloz por encima de los matorrales. Con toda la rapidez que le fue posible, atravesó el gran bosque, franqueó pantanos y llanuras mientras a su alrededor aullaban los lobos y graznaban los cuervos. Incluso el cielo, volviéndose rojo, también les habló.

“Son mis viejas amigas las auroras boreales”, explicó el reno mientras corría sin descanso. “¡Mira qué resplandores!”

La finesa

casitaPoco después de atravesar la frontera de Finlandia, el reno y Gerda encontraron la casa de una mujer que les ofreció cobijo y comida. El reno contó la historia de Gerda, que estaba aterida de frío. La mujer reflexionó durante unos minutos y dijo:

“Kay está efectivamente en casa de la Reina de las Nieves; allí se encuentra a gusto y no echa nada en falta. Cree que está en el mejor lugar del mundo, aunque eso es debido tan solo a que un pedacito de cristal se le clavó en el corazón y otro se le introdujo en el ojo; si no se le extirpan esos cristales, jamás volverá a ser un hombre y la Reina de las Nieves conservará para siempre el dominio sobre él”

“¿Y tú no puedes dar a la niña más poder para lograr su propósito?”, preguntó el reno

“No puedo. ¿No ves el alcance del poder que ya tiene? Su fuerza reside en el corazón y nosotros no podemos acrecentarla. Si por sí misma no consigue llegar a Kay, nada podremos hacer nosotros. A dos leguas de aquí comienza el jardín de la Reina de las Nieves; llévala allí y déjala junto a los arbustos”

Así lo hizo el reno y, a unos cuantos kilómetros del palacio, dejó a la pobre Gerda, sin guantes ni zapatos, en medio de una terrible y glaciar Finlandia, para que ella siguiese caminando mientras rezaba mil y una plegarias, hasta divisar las altísimas y puntiagudas torres de hielo del castillo.

El palacio de la Reina de las Nieves y lo que sucedió luego

Los muros del palacio estaban hechos de polvo de nieve y las ventanas y puertas, de vientos glaciares. Había más de cien salones, formados por remolinos de nieve, el mayor de los cuales medía varias leguas de largo. Todos ellos, vacíos y gélidos, estaban iluminados por auroras boreales. En medio del inmenso y desnudo salón central había un enorme lago helado roto en mil pedazos cuya forma casi recordaba al espejo maldito quebrado.

El pequeño Kay se encontraba allí, jugando con las esquirlas y amoratado de frío, casi negro, aunque él apenas lo apreciaba por la insensibilidad que le había causado el beso de la Reina de las Nieves. Su corazón estaba, innecesario decirlo, igual que un témpano. Por primera vez en mucho tiempo, Gerda estaba de suerte: la Reina de las Nieves había partido hacia tierras sureñas para congelar montañas que normalmente escupían fuego (allí los llamaban volcanes) y Kay había quedado solo en aquel vacío.

Classic-Fairy-Tales-Storys-image-classic-fairy-tales-storys-36123740-940-442Cuando la niña vio a su amigo inmóvil, se lanzó hacia él para abrigarlo con su abrazo. Kay no se inmutó. Entonces Gerda comenzó a llorar y sus lágrimas cayeron sobre el pecho del niño e hicieron salir el pedacito de cristal que allí se había alojado. Al instante, Kay la miró y la reconoció:

“¡Gerda! ¡Mi pequeña Gerda! ¿Dónde has estado tanto tiempo? ¿Y dónde he estado yo?”

Las lágrimas que brotaron de los ojos de Kay terminaron de eliminar el polvo de cristal que quedaba en su ojo. Los niños se cogieron de la mano y se apresuraron a salir del palacio. En la puerta los esperaba el reno para llevarles de vuelta a su casa. En el límite del país se escuchaban ya los cantos de algunos pajarillos y el bosque comenzaba a reverdecer para darle la bienvenida a la primavera.

Kay y Gerda continuaron solos hasta los muros de la ciudad donde siempre habían vivido disfrutando de esa primavera, más verde y florida que nunca. Ellos se habían hecho mayores, pero sus buhardillas seguían igual que siempre. Los rosales habían florecido alargando sus ramas, enmarcando ambas ventanas e inclinándose el uno hacia el otro, completando un abrazo.

En cuanto al espejo maldito, aún hoy hay que andarse con ojo: todavía andan flotando por el aire pequeños átomos de sus esquirlas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s