Samsø, la isla danesa que lleva años sin consumir una gota de petróleo

Para mudarse a Samsø hay que amar la naturaleza. Tina y su marido Ben dejaron atrás su vida en Copenhague y después en Aarhus para comenzar de nuevo en esta isla danesa de 3.700 habitantes, donde nacieron sus dos hijos. Su intención era participar en un experimento pionero que comenzó hace 20 años y con el que la isla se ha convertido en territorio de cero emisiones de CO2: producir más energía a partir de fuentes renovables, como la eólica y la biomasa, de la que consume. Para el 2030 se han marcado como objetivo ser totalmente libres de combustibles fósiles.

Vídeo promocional de la Academia de Energía de Samsø, donde los promotores del movimiento explican qué supondrá para la isla convertirse en independiente del petróleo | Energi Akademiet

La isla, situada en el Mar del Norte y previamente conocida por cultivar las mejores patatas de Dinamarca, ahora es una referencia internacional por haberse transformado casi al mismo ritmo que se agrava el cambio climático. Su revolución sostenible, que empezó a raíz de una crisis económica, fue impulsada por los habitantes de Samsø y se basó en el compromiso local, la economía circular y la participación democrática. Puro pragmatismo nórdico en un país que prefiere que los niños se abriguen bien en invierno para poder enseñar matemáticas en mitad del bosque, y no entre cuatro paredes.

Tina es enfermera geriátrica a domicilio; Ben, ingeniero. Él suele ir en patinete eléctrico a trabajar. El ritual de ella comienza desenchufando el coche del tejado del porche bajo el que lo aparca cerca de casa. Dicho tejado tiene una paca fotovoltaica que alimenta la batería eléctrica del coche y le otorga la vida suficiente para funcionar, de largo, durante todo un día. “Recuerdo que un día, cuando todo esto empezó a ponerse en marcha, una paciente me preguntó si había llegado a su casa andando porque no había oído el motor del coche”, cuenta Tina divertida.

Y todo esto empezó a ponerse en marcha gracias a Jorgen Tranberg, un granjero visionario en materia de energías limpias. Hace años que cambió sus 150 vacas lecheras para invertir 12 millones de coronas (más de 1.600.000 euros) en una turbina eólica que colocó cerca de su casa. “Tuve que cambiar de banco y endeudarme. No fue nada agradable”, reconoce. Jorgen fue puerta por puerta tratando de convencer de que esos gigantes de tres aspas y 40 metros de altura podrían ser la solución al declive que sufría entonces la isla.

Tina y Ben con sus dos hijos, en su casa de Samsø

La crisis comenzó con el cierre del matadero local que daba empleo a más de 100 familias. Los granjeros y pequeños empresarios no veían cómo salir adelante si los precios de la energía y de la gasolina de las que se abastecían seguían subiendo y el precio de sus patatas cada vez era más bajo. La isla se vaciaba, los negocios cerraban y los campesinos como Jorgen no encontraban a jóvenes que quisieran hacerse cargo del ganado. El primer salvavidas llegó en 1997, cuando Samsø ganó un concurso patrocinado por el Ministerio de Medioambiente para convertirse en un laboratorio de energías renovables 100% sostenible y demostrar que los objetivos del Protocolo de Kioto eran factibles.

Pero más allá de los planes de ayudas, el éxito del proyecto se explica por el modelo de cooperativa que involucró a toda la comunidad. Søren Hermansen también era agricultor y fue de los primeros vecinos en abrir la mente al proyecto y a los consejos de Jorgen. “Hubo que esforzarse mucho para convencer a todos los demás de que esto, a la larga, tendría beneficios económicos para todos, que al final es lo que interesa a la gente”, dice Søren. Gracias a ellos dos, 400 propietarios invirtieron para construir los primeros 11 generadores. De los que se instalaron, cada uno produce la energía para abastecer a 600 hogares. Así se creó el primer parque eólico de Samsø.

Ahora Søren es director de la Academia de Energía de la isla. Hoy, la localidad cuenta con campos verdes y dorados repletos de cereales, playas de arena blanca bañadas por un mar gris plomo… y sistemas de generación térmica a base de paja, placas fotovoltaicas y bombas de calor para abastecer a su población e incluso a la del continente, si sobra.

“La basura no será basura”

Ése es el lema de la web oficial de la isla. Allí, hasta el más mínimo residuo orgánico forma parte de un circuito para aprovechar la máxima cantidad posible de materia. La planta de biogás es el pilar de este modelo y recientemente lo ha copiado Suecia.

El tiempo de la política ha terminado

La inversión vecinal ha generado toda una industria alrededor de la sostenibilidad que ha hecho que hasta ahora, más de 5.000 científicos, empresarios, políticos y periodistas hayan pasado por Samsø para ver cómo es eso de reducir un 140% las emisiones a la atmósfera y ser energéticamente autosuficiente.

La Academia de Energía supone una suerte de centro de formación para todo aquel que acude con una idea de proyecto similar en la cabeza: desde Hawai hasta Japón, pasando por la isla del Hierro, en Canarias. El consejo de Søren es claro: “No podemos esperar a que políticos y empresarios se pongan a trabajar. Las decisiones son de los pescadores y granjeros a los que afecta el cambio climático, antes de que sea demasiado tarde”.

Tina y su marido Ben, en su casa de Samsø

Para lograrlo, Samsø no deja de pensar: cada año instalan más puntos de recarga de baterías de coches eléctricos que alimentan la flota de vehículos municipales, como el de Tina; y desde el 2014, el ferry que une la isla con la península funciona con gas y está fabricado en aluminio. Idea de Ben. “Sería fantástico fabricar un ferry eléctrico, pero las baterías son aún demasiado grandes y demasiado caras. Así que la idea es reemplazar el motor en cuanto la tecnología lo permita”, comenta el ingeniero.

Tanto Søren como Jurgen coinciden en que cambiar radicalmente el modelo de vida de toda una isla, por pequeña que sea, supone eliminar muchas barreras a nivel personal. “En un sitio así, da morbo saber qué coche tiene el vecino”, bromean. “Nadie quiere ser el dueño del diésel que destaca entre tanto eléctrico”. Pero tienen claro que, de menos a más, es posible un cambio en zonas más grandes del mundo. “En el 97 nos llamaron locos. En 2007 no quedaba ni una gota de petróleo en Samsø”.

La primera isla del ecologismo mundial también es danesa

Si bien Samsø ha recibido numerosas atenciones por su labor, Bornholm, también en Dinamarca, fue realmente la primera isla del mundo que se reinventó para dar una lección de sostenibilidad hace dos décadas. De hecho, esta isla de 40.000 habitantes ha sido la ganadora del Premio RESponsible Island que otorga la Unión Europea. La segunda clasificada ha sido Samsø y la tercera, las Orcadas, en Escocia.

En los 90, las reservas pesqueras de Bornholm cayeron en picado. Entonces, la isla recibía energía a través de un cable submarino que la conectaba con Suecia y su principal fuente de ingresos era el petróleo. El gobierno local viró el timón y durante los últimos 20 años, los isleños han construido más de 35 turbinas eólicas, generadores eólicos que producen electricidad para hogares y centrales energéticas, centrales de quema de paja, gránulos de madera y residuos orgánicos, y han instalado en sus viviendas contadores inteligentes para organizar la calefacción. Incluso los frigoríficos cuentan con un sistema de equilibrio del suministro y el 80% de las casas poseen calderas cuyo sistema hidráulico funciona por la incineración de basura.

Igual que Samsø, “Bornholm necesitaba generar empleo, ser autosuficiente, crear valor y que ese valor no abandonara la isla”, explica Winni Grosbøll, alcaldesa desde 2010. Ahora, el cable que conecta con Suecia sólo suministra un tercio de la electricidad. El resto sale del viento, la combustión de madera, el biogás y la energía solar.

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